De la ilusión revolucionaria

 

Fotomontaje del taller de Tatlin, El Lissitzky


    El 20 de Pradial del año II—8 de junio de 1794, Solemnidad del Corpus Christi en el antiguo calendario—París asistió a un espectáculo que sólo se vería ese año: la Fiesta del Ser Supremo. Una comitiva de diputados de la Convención, encabezada por un Robespierre vestido con traje azul, escarapela tricolor y un ramo de flores y espigas bajo el brazo, marchó en procesión desde el Jardín de las Tullerías hasta el Campo de Marte para celebrar tanto a la República como al Ser Supremo. El maestro de ceremonias fue Jacques-Louis David, quien había hecho construir una montaña artificial y había elaborado una compleja escenografía. Robespierre prendió fuego a dos imágenes del Ateísmo y el Egoísmo que al consumirse dejaron aparecer a la Sabiduría, se plantó un árbol de la libertad y el líder jacobino se dirigió a los miles de parisinos que se habían congregado para la nueva festividad. En todas las localidades de Francia bajo control revolucionario se celebraron actos similares en honor de la Virtud y del Arquitecto del Universo. 

    Sobre el significado de esta fiesta se ha escrito mucho, pero la impresión unánime es la de su extravagancia. El lector que aprende en tiempos de orden y "paz social" sobre este suceso sólo puede llegar a verlo como un esperpento, la culminación de otros muchos que parió la Revolución, particularmente durante aquel año de gobierno del Comité de Salvación Pública. Otros han visto en este evento el canto de cisne del delirio jacobino dos meses antes de su sangriento fin en Termidor. En la narrativa popular de la Revolución Francesa este, así como el calendario republicano, el Culto a la Razón, etc, se han reducido a notas al pie de página, curiosidades para que el lector de la época de orden se ría de los furiosos sans-culottes, pero que son secundarios frente al Terror, el cual es una orgía de violencia, una avalancha de sangre que contamina inevitablemente toda la Revolución Francesa. Los catorce meses de Convención Montañesa son simplemente delirio total, con algunas excentricidades casuales y mucha violencia y sangre que acaban por desacreditar la idea revolucionaria por completo.

    Esta interpretación es una inversión perversa de cómo funcionan las revoluciones: esas "excentricidades" eran las auténticas expresiones del fervor popular, el espíritu que les animaba. La fuerza motriz del año 93 no fue la Convención ni el Comité de Salvación Pública; fueron los sans-culottes y las tricoteuses, las masas de toda Francia deseosas de crear un mundo nuevo y negar todo lo anterior. Una potencia infinita que a creaba pero a la vez se defendía y destruía, pero lo segundo lo hacía por lo primero. Veamos las palabras de Robespierre:

El resorte del gobierno popular en revolución es a la vez la virtud y el terror: la virtud, sin la cual el terror es funesto; el terror, sin el cual la virtud es impotente. (...) el terror es, por tanto, una emanación de la virtud; él no es tanto un principio particular sino una consecuencia del principio general de la democracia.  

(Discurso ante la Convención el 5 de febrero de 1794.)

Robespierre usa el término virtud como herencia de la filosofía ilustrada pero nosotros, nada sospechosos de ser moralistas, queremos buscar otra palabra para llamar a ese "espíritu" que anima a las masas revolucionarias. Quizá el más adecuado sea "ilusión"; no ilusión absurda de loco, ilusión como la del esclavo que rompe sus cadenas y por primera vez se pone en marcha y descubre ante él un horizonte infinito y vacío hacia el que dirigirse. La ilusión del esclavo liberado que, ante este horizonte hacia el que avanza inexorablemente se emociona y se atreve a poblarlo con su pensamiento de todas sus esperanzas y deseos, lo cual le anima a seguir avanzando. Una ilusión creativa, pues sin ella no se podría construir un mundo nuevo sobre las ruinas del viejo.

    La Revolución Francesa en este aspecto es única en la Historia porque nace de una conciencia plena de que el viejo mundo había muerto bajo el filo de la guillotina y, sin embargo, nadie sabía qué hacer. Ningún filósofo ilustrado podría haber previsto una revolución tan radical, nadie había presentado una visión para un nuevo mundo que no esperaban recibir. Donde los pensadores burgueses callaban confundidos despuntó el genio y vigor de las masas revolucionarias, los cuales marcaron el camino a seguir.

    Si nos extrañan los frutos de este genio creador es porque era la primera vez en la historia que se daba esta situación. Por primera vez la Libertad adquiría conciencia de sí misma y se lanzaba a un mundo que desconocía completamente. El gran acertijo se presenta por primera vez ante el Hombre, pero aún no tiene respuesta. Es por ello que el primer movimiento de la Libertad consciente se da de bruces contra la realidad y acaba deviniendo Imperio y Restauración, Bonaparte y Talleyrand. En el proceso nos deja sus primeros espasmos, todavía muy contaminados del pasado, simples negaciones del Antiguo Régimen.

    Todas las revoluciones han estado animadas por la ilusión y el ingenio de las masas. Las revoluciones burguesas fueron la Libertad ciega, negativa, que hasta 1848 se estrelló una y otra vez con la realidad y sus idealismos sólo lograron alumbrar Luis Felipes y Napoleones III. Esta ilusión ciega pretendía construir sin saber cómo ni sobre qué terreno trabajaba.

    El estudio científico de la sociedad, al producir la concepción materialista de la historia, le dio por primera vez ojos y oídos a la Libertad. Por primera vez esta reconoció a la Necesidad y la abrazó. Por primera vez estas se tomaron del brazo y marcharon juntas en la misma dirección. Por primera vez, en fin, la Historia adquirió conciencia de sí misma y vio sus sendas descifradas y explicadas.

    Al pasar la Libertad a ser un artefacto histórico que por fin se entendió en relación a las organizaciones sociales concretas dejó de ser una mera negación, un reflejo del Reino de Dios, una mistificación de los filósofos que habían humanizado el Cristianismo. Ahora la Libertad era (es) positiva, un proceso histórico, material y positivo que desemboca en el comunismo.

    Ahora bien, que se sepa el cómo avanza la Historia no implica que esta esté determinada. Al contrario, convertir la Libertad en un artefacto histórico deja amplio espacio a la ilusión y, aún diremos más, hace de esta ilusión algo más necesario todavía. Ahora podemos tener una nueva ilusión clarividente y seria. Esta se diferencia de la ilusión primitiva en lo mismo que el proyecto para un edificio de un arquitecto del de alguien que no lo sea: el primero, armado con unas herramientas y un análisis serio puede construir de manera sólida y realista, podrá jugar con las normas para crear; el segundo no podrá porque se estrellará contra las leyes implacables de la física por desconocer el arte de la construcción.

    Las masas educadas correctamente son las únicas que pueden hacer la revolución, sólo el proletariado consciente podrá liberarse a sí mismo. Estas masas infinitas también tendrán ilusión  como los sans-culottes franceses—¿Cómo no la van a tener? Sin ilusión por un mundo nuevo no puede haber revolución—per será una ilusión verdaderamente útil y creativa que permitirá asentar un mundo nuevo con solidez, un "Reino de la Libertad" (este término es absurdo y contradictorio, pero la imagen es útil). La ilusión por la nueva sociedad que habrá de forjarse es crucial porque esta sociedad seguirá regida por leyes nacidas de la realidad material, pero son estas leyes tan inimaginables para nosotros como lo serían las leyes del capital a un esclavo antiguo o un siervo medieval. No hablamos, pues, de una ilusión por un Reino de Dios en la Tierra que vendrá y será perfecto, estático y eterno, un final de la Historia ¡Al contrario! El comunismo es un momento histórico, el de la emancipación de la Humanidad, pero no es el final; más bien es el inicio de la historia plenamente humana, cuando las personas al fin tendrán plena agencia sobre todos sus actos para entregarse a crear ¡Cuántas cosas podrían pasar!

    No olvidar la ilusión es crucial para el proceso revolucionario. La otra opción, desgraciadamente muy extendida, es caer en el mecanicismo. La concepción materialista de la historia pasa entonces de ser una herramienta creativa a una mera crítica estéril y el obrero pasa de ser un actor activo en la Historia a ser un engranaje sin agencia sometido a las "leyes de la historia". En el fondo estos deterministas no son más que cristianos disfrazados que dicen "leyes del capital" y "necesidad material" cuando piensan "Providencia" y "Dios omnipotente" y pronuncian "revolución" y "comunismo" como "Juicio Final" y "Reino de Dios". Esta mentalidad es muy peligrosa porque acaba concibiendo la revolución como una catarsis apocalíptica, un acto de venganza (!) o incluso justicia (!!) para atraer la llegada del milenio y de la Jerusalén Celestial en cuyo nombre todo está justificado. El revolucionario, como el fanático antiguo, se embrutece y se entrega a la violencia. La revolución no es construir un mundo nuevo, no es un proceso creativo; la revolución es un inmenso holocausto propiciatorio condenado a ser estéril y que si fracasa es porque no se derramó suficiente sangre para apaciguar a los dioses.

    ¡No! La violencia es otra herramienta que se usa cuando es preciso y según un análisis serio y riguroso. La revolución no es un baño de sangre, no puede serlo porque esta tiene que ser creativa y por tanto buscará minimizar la destrucción para tener más material sobre el que trabajar. No queremos por esto hablar de pacifismo ni de no violencia, pero desde luego despreciamos a muchos que se obsesionan con la sangre y fantasean con ejecuciones y crueldad que sólo se han demostrado necesarias en su cabeza.

    Por eso la ilusión, la educación y la imaginación son claves. Por eso 1917 dio alas a la vanguardia rusa: rotas las leyes del arte se podía crear algo completamente nuevo y en seguida se lanzó a ello la juventud rusa. El arte, por suerte o por desgracia, avanza muchas veces más rápido que la sociedad, pero su avance nos puede ayudar a adivinar lo que podría pasar y, del mismo modo que el arte sacudió el yugo de las antiguas formas y se lanzó a crear de manera ilimitada, de forma similar hará la humanidad emancipada.

Nuevo Hombre, El Lissitzky

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