El título de este artículo es también el de un famoso ensayo de Adolf Loos publicado a principios del siglo pasado en el que se atacaba despiadadamente a la cultura artística de la Austria de antes de la guerra. Frente a la Secesión Vienesa, que en aquel entonces estaba de moda, Loos presentó una crítica demoledora a los excesos decorativos y, por extensión, a todo el concepto de ornamento tal como lo entendemos vulgarmente. Todo el artículo podría resumirse en la siguiente frase: "Como el ornamento ya no pertenece orgánicamente a nuestra civilización, tampoco es ya expresión de ella. El ornamento que se crea hoy ya no tiene ninguna relación con nosotros ni con nada humano." Grabemos esta frase en nuestras mentes. El ornamento debe reducirse al mínimo, incluso, a ser posible, desaparecer. Lo contrario es propio de "retrasados" culturales.
En 2026 creo que podemos afirmar con bastante seguridad que lo que pedía Loos se ha cumplido. Hemos reconocido la superioridad de la sobriedad dórica frente al exceso corintio, y hemos cambiado las hojas de acanto, las volutas y los frontones partidos por la honestidad absolutista de la línea y el plano desnudos que juegan entre sí. En fin, nosotros, hombres modernos orgullosos de nuestra modernidad, podemos darnos palmaditas en la espalda y reírnos de la ingenuidad de los tiempos pasados y del mal gusto de algunos que todavía exigen frontones griegos y bóvedas romanas como si no existiera belleza fuera de ellos. Podemos decir que hemos triunfado sobre el ornamento como forma.
¿Por qué subrayo el "como forma"? Porque el ornamento, por mucho que nos preciemos de nuestra modernidad y nuestra brillantez, sigue entre nosotros. ¿Cómo es eso posible? El desarrollo de la tecnología ha sido más rápido de lo que nadie ha podido imaginar, todas las funciones y necesidades se van concentrando a una velocidad pasmosa en un único objeto. Cada vez más rápido todas las cosas van quedando desfasadas y desaparecen por volverse inútiles, por volverse ornamentales ¿Es cierta esta última frase? Ya no necesitamos libros, discos, radios, cuadernos, material de escritura, relojes, álbumes y cámaras de fotos, periódicos, dinero en metálico... Tampoco necesitamos los muebles y el espacio que reclaman. Incluso la televisión, la que fue gran heraldo de la modernidad, va perdiendo su necesidad como objeto físico y decae. Una casa sin televisión hace veinte años parecía algo cómico, hoy parece posible. Todos estos objetos ya no pertenecen orgánicamente a nuestra civilización...
Quizá no esté quedando claro lo que quiero decir así que daré un ejemplo: tomemos una casa que salga en cualquier película del siglo pasado, cualquiera. La imagen que encabeza este artículo es de La Chinoise, de Jean-Luc Godard; analicémosla. En la imagen vemos una serie de objetos que en 1967, cuando se hizo la película, eran habituales porque suplían ciertas necesidades: un tocadiscos, una radio, libros, diversos utensilios de escritura... Incluso de los recortes colgados en la pared podemos decir que se han puesto ahí de manera orgánica porque entonces la imagen todavía tenía que existir físicamente. Podríamos hacer este análisis en mil películas distintas, en fotos y reportajes antiguos o en series de televisión y siempre obtendríamos el mismo resultado: en todas hay muchos objetos pero porque estos eran necesarios para la vida.
Ahora dejemos de mirar al pasado y mirémonos. Miremos nuestras casas y examinemos su contenido. Hecho esto, hagamos la terrible pregunta: ¿son realmente necesarios? ¿son realmente útiles? ¿son una expresión real de nuestro tiempo?
Somos unos degenerados. No hemos sido suficientemente rápidos y nuestras casas se han vuelto a llenar de ornamentos, no porque los hayamos escogido sino porque no éramos conscientes de nuestra obscenidad decorativa. Podríamos ser incluso más implacables en nuestra persecución del ornamento escondido en nuestra casa si ampliamos nuestro campo de visión: al igual que las comodidades de la vida moderna van concentrándose en un solo objeto, las labores domésticas van siendo absorbidas y mercantilizadas por el capital y una sola fábrica cumple lo que en otro tiempo supuso la esclavitud doméstica a miles de mujeres. Ya nadie hace su propia ropa ni cose, la vestimenta cada vez es de un uso más fugaz; la comida precocinada va ganando terreno a la casera y la cocina va viendo como posible reducirse a un mínimo inconcebible hace un par de décadas; incluso actividades como cambiar y lavar las sábanas van perfilándose como candidatas a desaparecer a la par que el "usar y tirar" se acerque a estándares más sostenibles económica y ecológicamente.
Entonces digamos ya abiertamente el pensamiento herético, el pensamiento sacrílego: La mayoría de los objetos de nuestras casas ya no pertenecen orgánicamente a nuestra civilización, tampoco es ya expresión de ella. Ya no tienen ninguna relación con nosotros ni con nada humano. Nos tenemos que declarar iconoclastas y de un tipo como no se ha visto antes. No tenemos otra opción que no vaya contracorriente. Todos estos objetos desfasados deben desaparecer y desaparecerán. No hay otro camino. La implacable ley económica los desbancará y acabará arrojando al recuerdo del pasado junto al sombrero de copa, el clavicordio o la lámpara de aceite. Unos pocos los conservarán como rarezas, como excentricidades, pero nada más. Y no hablo de un futuro lejano, al contrario, está más cerca de lo que quisiéramos admitir. Hoy en día ya estamos viendo cómo sucede esto. ¿Cuántas casas nuevas amuebladas por un decorador resultan frías e impersonales y parecen hoteles? ¿Cuántas casas de famosos nos parecen horribles y desnudas? Es justo nuestro espanto, pero lo que estamos viendo es el conflicto entre lo que sabemos y hacia donde vamos. La casa antes era un inmenso contenedor para nuestra vida, expresada en objetos que eran necesarios, la personalidad se derramaba hacia fuera porque no tenía otra forma de expresarse y por ello llenaba estanterías y armarios de libros, fotos y discos de forma compulsiva. Ahora la individualidad se vuelca en lo virtual y todas sus expresiones compulsivas se comprimen en un único objeto. Esto es algo novísimo en la historia: hasta el plebeyo más pobre de Roma tenía el altar de los lares y las máscaras de sus ancestros en casa, hasta el último campesino tenía un icono o crucifijo en su choza. Ahora tenemos delante una evolución de la materialidad del individuo como no se ha visto nunca antes--quizá con la excepción de los anacoretas del desierto y similares que son el único ejemplo cercano que nos viene a la mente.
La idea del buen gusto que hemos heredado está obsoleta porque aunque la no ornamentación fuese dogma de fe, nadie había previsto la ausencia total de objetos personales, la desnudez total del espacio. La vivienda se va a ir acercando a un mínimo existencial cada vez menor, más comprimido y, a la vez, más vacío. El mueble, que incluso para el movimiento moderno tuvo tanta importancia, se irá haciendo más irrelevante según se vuelva innecesario y el espacio abstracto será el que cobre importancia. La personalidad de la vivienda dejará de estar ligada en absoluto a su contenido y se obtendrá exclusivamente por su configuración espacial y su materialidad de una forma mucho más total de lo que ninguna generación precedente ha podido hacer.
En cierto modo la vivienda se volverá una especie de escultura que se habita. Los grandes espacios diáfanos parece que dejarán de tener sentido según desaparezcan los objetos que los configuran y en su lugar puede que se imponga alguna idea similar al "Raumplan", un planteamiento de la arquitectura como concatenación de espacios y perspectivas que generen sensaciones y que creen espacios especializados por su propia configuración. Esto último ya es pura especulación, pero antes o después vamos a tener que afrontar la casa desnuda como problema.
Es cierto que el edificio-escultura no es ninguna novedad, tampoco lo es el espacio-para-sí (por llamarlos de alguna manera). Los antiguos ya construyeron con ideas así en mente de lo cual el Partenón o el Panteón de Agripa son buenos ejemplos. La diferencia es la escala: los espacios tan abstractos han sido hasta hoy casi exclusivamente monumentales y cuando se han llevado al tamaño de la vivienda ha sido de una manera que no puede ser reproducida a escala masiva. La Casa Farnsworth de Mies o la Glass House de Philip Johnson son soluciones para la casa desnuda ya viejas y, sin embargo, no nos valen. Las ciudades modernas no pueden ser millones de cajitas abstractas de vidrio que dependan de grandes zonas vacías alrededor para tener un mínimo de privacidad. La ciudad nos va a exigir que aparezca el lienzo desnudo de alguna manera y ahí va a estar el gran desafío--por no mencionar todas las viviendas ya construidas que habrá que considerar.
Esta es la tendencia que existe hoy y este es el desafío que se empieza a perfilar. No nos corresponde aquí valorar el origen de estas tendencias, si deben ser revertidas o combatidas y cómo. Aquí solo queremos apuntar al que aparentemente va a ser uno de los problemas definitorios para el siglo XXI. Si el XX fue para la pared lisa y la planta libre, en este tiene pinta que la planta nos va a empezar a parecer demasiado libre y la pared demasiado lisa. "Ved, está cercano el tiempo en que las calles de las ciudades brillarán como muros blancos. Como Sión, la ciudad santa, la capital del cielo." ¡Ay! Y nosotros no estamos preparados ¿Qué hacer? Ahí tenemos un siglo entero para pensar.
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